Voy a decirlo sin rodeos y luego lo matizo, que es el orden correcto.
Si eres abogado y en 2026 sigues trabajando como si la inteligencia artificial no existiera, tu posición competitiva tiene los días contados.
No significa que vayas a cerrar el despacho el mes que viene ni que una máquina vaya a sustituirte mañana. Significa algo más concreto: has dejado de decidir por ti solo el ritmo al que puede hacerse el trabajo, su coste de producción y el estándar contra el que tus clientes van a compararte.
Y ahora viene el matiz, porque buena parte de lo que se escribe sobre este asunto es publicidad disfrazada:
Utilizar inteligencia artificial tampoco te salva. Si la integras mal, puede incluso multiplicar tus errores.
Los tribunales ya han sancionado a abogados por presentar citas inventadas con ayuda de sistemas de IA. Las organizaciones profesionales empiezan a formular una frontera clara: la herramienta puede ser artificial; la responsabilidad profesional sigue siendo humana.
Pero antes de llegar ahí conviene entender qué ha cambiado.
El combate de 2025: el samurái contra el marine
Imagina a un abogado excelente. Veinticinco años de ejercicio. Memoria extraordinaria. Olfato para anticipar por dónde atacará la otra parte. Capacidad para abrir un contrato de cien páginas y detectar casi instintivamente la cláusula que importa.
No utiliza inteligencia artificial. Lee, piensa, contrasta y redacta como se ha trabajado durante décadas.
Para representarlo podemos imaginar a un samurái veterano. Ha pasado media vida dominando su arma. Conoce la distancia, el terreno, al adversario y sus propios límites. Su ventaja no está únicamente en la espada, sino en todo lo que ha aprendido utilizándola.
Enfrente situemos a un abogado razonablemente bueno que en 2025 ya utilizaba IA para resumir documentos, preparar borradores, traducir textos o acelerar una investigación.
Ese segundo abogado se parece a un marine con un fusil moderno.
La comparación es deliberadamente brutal. Un arma moderna multiplica la capacidad de quien la utiliza, pero no lo convierte automáticamente en mejor estratega. No le enseña dónde está el adversario ni cuándo debe disparar.
Así funcionaba la IA para muchos profesionales en 2025: como un multiplicador extraordinario de productividad intelectual. La máquina aceleraba la ejecución, pero el humano seguía decidiendo qué había que hacer y cuándo debía dar cada paso.
El samurái conservaba algo que el fusil no proporciona por sí solo: veinticinco años de criterio para saber qué pregunta formular, qué documento mirar primero y cuándo una cláusula aparentemente inocente es peligrosa.
Por eso todavía podía ganar muchos combates.
El combate de 2026: el samurái contra una unidad helitransportada
En 2026 no solo ha mejorado la prosa de los modelos. Se ha hecho mucho más visible y accesible el paso de conversar con una inteligencia artificial a delegarle trabajo.
Los agentes ya existían antes, pero su capacidad, duración, acceso a herramientas y presencia en productos de uso real han cambiado la escala de lo que un profesional puede encargar.
Un agente puede recibir un objetivo, dividirlo en tareas, utilizar herramientas, consultar documentos y fuentes, evaluar resultados y continuar sin esperar una nueva instrucción humana después de cada operación. Varios agentes pueden trabajar en paralelo, compartir resultados y ser coordinados por otro sistema. Con memoria, herramientas y un arnés adecuado pueden mantener contexto, ejecutar procedimientos, registrar lo realizado y detenerse ante límites o decisiones reservadas a una persona.
Volvamos al combate.
El marine de 2026 no dispone simplemente de un fusil mejor. Puede llamar por radio a una unidad completa. Puede pedir reconocimiento, asignar una tarea a varios especialistas y solicitar que una unidad helitransportada llegue a un punto mientras él continúa ocupándose de otro problema.
Ésa es la diferencia cualitativa.
En una arquitectura adecuada, la unidad puede tomar la forma de varios agentes que revisan contratos contra criterios comunes, preparan el primer barrido de una due diligence, reconstruyen una cronología, contrastan citas con fuentes originales y someten un borrador a una crítica separada antes de que llegue a revisión humana.
No son capacidades infalibles ni equivalen a trabajo profesional terminado. Una unidad mal dirigida puede producir más errores y hacerlo a mayor velocidad. Pero el abogado ya no se limita a escribir más rápido: puede coordinar capacidad de ejecución.
OpenAI describe esta transición mediante datos de uso de su propio producto. En una muestra aleatoria del 0,1 % de usuarios individuales de Codex observada en mayo de 2026, estimó que el 70,2 % había realizado al menos una petición equivalente a más de una hora de trabajo humano. En junio, entre sus usuarios internos activos situados en el percentil 99, se generaban regularmente más de 60 horas diarias de turnos de agentes distribuidas entre varias ejecuciones paralelas. La segunda cifra procede de un entorno interno especialmente favorable a la adopción y no representa al usuario general. Ambas son estimaciones direccionales del proveedor basadas en un evaluador con IA, no mediciones independientes de productividad.
El samurái puede seguir siendo individualmente mejor combatiente que cualquiera de los miembros de la unidad.
Ése es precisamente el problema.
Ser el mejor ejecutor importa menos cuando la capacidad de ejecución deja de ser el recurso escaso.
La lección real de Nagashino
Aquí la historia es bastante mejor que el tópico.
Se suele representar al samurái como el guerrero tradicional que rechazó las armas de fuego por considerarlas indignas y fue derrotado por la modernidad. No ocurrió así.
El relato convencional sitúa la llegada de armas de fuego portuguesas a Tanegashima en 1543, aunque los historiadores discuten detalles de esa narración. Lo importante para nuestra comparación es menos controvertido: los japoneses comenzaron pronto a reproducirlas y distintos señores de la guerra las incorporaron en cantidades crecientes. La adopción fue rápida.
Treinta y dos años después tuvo lugar la batalla de Nagashino. La versión popular cuenta que Oda Nobunaga inventó allí una rotación perfecta de tres filas de arcabuceros contra la caballería Takeda. La historiografía actual cuestiona esa imagen demasiado ordenada, el número de tiradores y distintos detalles tácticos. La lectura más prudente destaca que el arma formaba parte de una organización militar y no actuaba como una tecnología milagrosa por sí sola.
Los Takeda tampoco eran un ejército medieval que jamás hubiera visto un arcabuz. Habían adoptado armas de fuego antes de Nagashino.
Por eso la oposición interesante no es arcabuz contra espada. Es tecnología integrada en una organización contra tecnología insuficientemente integrada en ella.
El arma podía comprarse. Lo difícil era decidir dónde situarla, cómo proteger a quien la utilizaba mientras recargaba, cómo abastecerla y cómo coordinarla con el resto del ejército.
Nagashino permite desmontar una idea que seguimos repitiendo hoy: que adoptar una tecnología consiste en comprarla.
La tecnología importante termina difundiéndose. La ventaja aparece, durante algún tiempo, en quien aprende antes a reorganizar personas, conocimiento, procedimientos y decisiones alrededor de ella.
Eso es precisamente lo que empieza a ocurrir en los despachos.
La presión no procede solo de los competidores
Las encuestas de adopción deben leerse con prudencia. Haber utilizado ChatGPT alguna vez no equivale a disponer de procesos jurídicos integrados con IA.
El 2026 Legal Industry Report de 8am, basado en una encuesta realizada entre septiembre y octubre de 2025 a más de 1.300 profesionales jurídicos estadounidenses, señala que el 69 % utilizaba herramientas generales de IA en el trabajo, frente al 31 % del año anterior. El 42 % empleaba herramientas específicamente jurídicas. Un resumen patrocinado publicado por la American Bar Association añadía que el 54 % trabajaba en firmas sin formación sobre uso responsable de IA ni planes para proporcionarla.
Es una encuesta de un proveedor y se limita a Estados Unidos. No describe por sí sola la profesión global. Sí muestra que la adopción básica ha dejado de ser marginal en una parte relevante del mercado.
En Europa, la Advokatforeningen noruega y Karnov anunciaron en marzo de 2026 la realización del estudio comparativo Fremtidens jurist en Noruega, Suecia, Dinamarca, España, Francia y Portugal. Sus resultados estaban previstos para el otoño; la existencia de la investigación no debe confundirse con conclusiones ya publicadas.
Pero el dato estratégicamente más importante no habla de otros despachos. Habla de sus clientes.
En un estudio de 2025 de la Association of Corporate Counsel y Everlaw, realizado entre 657 profesionales jurídicos internos de 30 países, el 64 % esperaba que la IA generativa redujera su dependencia de asesores externos y el 61 % anticipaba presionar a sus firmas para cambiar la forma de prestar y cobrar sus servicios. Entre los participantes estadounidenses, el uso declarado había pasado del 23 % al 52 % en un año.
También aquí debemos recordar quién promueve el estudio y cuál es su muestra. Pero la dirección económica merece atención.
Si una asesoría jurídica puede hacer internamente en dos horas un trabajo que antes encargaba fuera durante dos días, la presión llegará al precio, a la organización y a la facturación por horas. El cliente empezará a formular una pregunta incómoda:
¿Por qué estoy pagando por tiempo empleado si la tecnología ha reducido el tiempo necesario?
La inteligencia artificial no transforma únicamente la producción. Empieza a transformar la compra de servicios jurídicos.
La capacidad también multiplica el error
La conclusión cómoda sería: compra helicópteros. Consigue la mejor IA, automatiza y pon agentes a trabajar.
Es una conclusión incompleta.
La misma tecnología que amplía la capacidad de un abogado puede ampliar la velocidad y el alcance de sus errores.
El investigador Damien Charlotin mantiene una base pública de casos judiciales relacionados con alucinaciones de IA. A 14 de septiembre de 2026 reunía 2.041 casos identificados; 812 aparecían bajo la categoría relativa a abogados y 1.174 bajo la correspondiente a litigantes sin representación. Las categorías se solapan y la base incluye excepcionalmente supuestos en los que el uso de IA fue alegado pero no confirmado, no solo sanciones. Tampoco mide todos los usos incorrectos: recoge decisiones en las que el tribunal aborda materialmente la aparición de contenido alucinado.
No es una estadística de incidencia. Es, aun así, una advertencia difícil de ignorar.
En España, la Sala de lo Penal del Tribunal Superior de Justicia de Canarias informó el 13 de febrero de 2026 de una multa de 420 euros a un abogado que había incorporado a un recurso hasta 48 citas jurisprudenciales falsas generadas mediante una herramienta generalista. La Sala remitió además testimonio al Colegio de Abogados para valorar posibles responsabilidades disciplinarias.
El razonamiento económico de la resolución es llamativo: para graduar la multa, el tribunal tomó como referencia aproximada el precio anual de una suscripción a una herramienta jurídica de IA y valoró el reconocimiento y arrepentimiento del profesional.
Pero la lección importante no es qué marca de herramienta habría evitado el problema. Ningún proveedor elimina el deber de comprobación.
El problema no es utilizar inteligencia artificial. El problema es utilizarla sin la diligencia que exige el ejercicio profesional.
Lo que no se delega
Aquí aparece la frontera que ordena todo lo demás. Es una frontera deontológica antes que tecnológica.
La guía aprobada por la Advokatforeningen noruega en septiembre de 2025 establece que el abogado conserva la responsabilidad final por el asesoramiento y los servicios prestados cuando utiliza IA. El contenido debe ser revisado, verificado y aprobado antes de su uso profesional.
La guía de 2025 del CCBE para abogados europeos parte de la misma idea: utilizar IA no suspende los deberes de competencia, independencia, confidencialidad ni responsabilidad profesional. Su guía técnica de 2026 desarrolla además las diferencias entre herramientas, modelos y arquitecturas que el profesional debe comprender al evaluarlos.
Cuando un sistema escribe algo en tu nombre, el cliente no ha contratado al modelo. Te ha contratado a ti.
Por eso no basta con pedir al mismo sistema que «revise bien» lo que acaba de escribir. En trabajos de riesgo, el control debe introducir independencia: contraste con la fuente original, reglas deterministas cuando sea posible, verificaciones separadas y revisión humana antes de que el resultado salga de la organización.
La máquina puede producir.
Otra capa debe comprobar.
Y alguien tiene que autorizar y responder.
Ahí empieza la arquitectura profesional de verdad.
De ejecutor a director del sistema de trabajo
El movimiento correcto para un abogado excelente no consiste en competir con la máquina en velocidad. Tampoco exige que se convierta en ingeniero de inteligencia artificial.
Consiste en subir un nivel: de ejecutor a director del sistema de trabajo.
Las capacidades necesarias se parecen bastante a las que un buen socio lleva ejerciendo toda su vida.
Primero hay que definir el objetivo: qué debe conseguirse, qué queda fuera, qué fuentes pueden utilizarse, qué fiabilidad necesita el resultado y cuándo debe detenerse el proceso. Un objetivo ambiguo dado a un sistema capaz de actuar no produce solo una mala respuesta; puede producir una gran cantidad de trabajo inútil.
Después hay que asignar recursos: qué tarea puede ejecutar un modelo pequeño, cuál requiere uno más capaz, qué revisa un abogado joven, qué necesita experiencia de socio y qué información puede procesarse externamente.
Luego hay que diseñar la verificación: qué afirmaciones exigen fuente primaria, qué puede comprobarse automáticamente, qué documentos deben cotejarse y qué decisiones necesitan obligatoriamente aprobación humana.
Finalmente hay que asumir el resultado: autorizar, firmar y responder.
La capacidad de producir análisis está aumentando con rapidez. La capacidad de determinar que ese análisis merece confianza no aumenta al mismo ritmo.
Lo que seguirá siendo escaso
Hay cosas que no se vuelven abundantes simplemente porque aumente la capacidad de cálculo.
La primera es la confianza. Generar un memorando puede requerir una fracción del trabajo de hace tres años. Conseguir que un empresario confíe en que puede comprar una compañía basándose en tu análisis sigue siendo difícil. Cuando la producción se abarata, el cuello de botella se desplaza hacia la reputación, el criterio y la capacidad de asumir responsabilidad.
La segunda es saber dónde no utilizar la máquina. Existen actuaciones que quizá no deban automatizarse aunque técnicamente puedan serlo: decisiones irreversibles, comunicaciones especialmente sensibles, conclusiones cuyas fuentes no pueden verificarse o juicios que dependen de información humana difícil de formalizar.
Saber utilizar IA será una competencia básica. Saber cuándo no utilizarla será una competencia superior.
La tercera es formar a la próxima generación.
Estamos automatizando la escuela de los abogados
Entre las tareas que con mayor frecuencia se pretende automatizar están precisamente las que tradicionalmente realizaban los abogados jóvenes:
- buscar jurisprudencia;
- resumir expedientes;
- revisar contratos;
- preparar primeros borradores;
- construir cronologías;
- comparar documentos.
Pero esas tareas no eran únicamente capacidad de producción. Eran entrenamiento.
Así se aprende a distinguir una sentencia importante de otra irrelevante, a reconocer qué cláusulas suelen provocar problemas y a percibir cuándo falta un documento.
Quien tiene veinticinco años de profesión puede utilizar la IA para multiplicar un criterio que ya posee. Quien comienza ahora plantea un problema distinto:
¿Cómo construimos veinte años de criterio si automatizamos precisamente una parte de las tareas mediante las que antes se adquiría?
No tengo una respuesta completa. Desconfío de quien diga que la tiene.
Pero una conclusión parece razonable: la formación no puede consistir en retirar al abogado joven del proceso. Debe permitirle examinar fuentes, formular hipótesis, detectar errores y justificar decisiones aunque una máquina haya realizado la primera pasada. Si solo revisa resultados que ya parecen terminados, corre el riesgo de no adquirir el criterio necesario para saber cuándo son falsos.
La automatización del trabajo junior exige diseñar también un nuevo sistema de aprendizaje.
Qué hacer el lunes
«Aprende a usar la IA» no es un plan.
- Elige un único proceso real, repetido y poco agradecido. Una revisión contractual recurrente, extracción de información de escrituras, clasificación documental o primer análisis de un expediente.
- Mídelo antes de cambiarlo. Tiempo, personas, coste, errores y controles actuales.
- Automatiza primero aquello que puedas verificar. Empieza por resultados que puedan contrastarse con rapidez contra una fuente.
- Haz obligatoria la verificación. Ninguna cita jurídica debe llegar a un escrito sin abrirse en la fuente original.
- Resuelve la confidencialidad antes de escalar. Determina qué información puede procesarse, dónde, con qué proveedor y bajo qué obligaciones.
- Forma al equipo y define reglas. Permisos, límites, documentación, responsables y puntos de aprobación humana.
- Vuelve a medir. Si el proceso no es más rápido, más económico o más fiable, quizá el problema no fuera la falta de IA, sino su diseño.
Y una precisión para los despachos noruegos: el Gobierno anunció en agosto de 2026 una nueva consulta sobre la futura ley noruega de IA y señaló como ambición presentar el proyecto al Storting en la primavera de 2027. Mientras tanto, las normas existentes sobre privacidad, responsabilidad, secreto profesional y propiedad intelectual continúan aplicándose. La ausencia temporal de una ley noruega específica de IA no es una razón para aplazar los controles internos.
Nagashino, otra vez
Volvamos a 1575.
La lección no es que una tecnología nueva permitiera a guerreros modernos aniquilar a otros anticuados. Los japoneses llevaban décadas utilizando armas de fuego y los Takeda conocían el arcabuz.
Lo interesante fue la integración.
El arma podía copiarse. El sistema era mucho más difícil de copiar.
Dentro de poco, decir que un despacho utiliza inteligencia artificial será tan informativo como decir que utiliza correo electrónico. El acceso a los modelos tenderá a generalizarse. La diferencia estará en la arquitectura:
- qué delegas y qué no;
- qué información recibe cada sistema;
- cómo verificas;
- cómo proteges los datos;
- cómo introduces independencia entre producción y control;
- cómo formas a los abogados jóvenes;
- cómo conviertes experiencia profesional en procedimientos utilizables;
- y quién está dispuesto a asumir el resultado cuando entra en el mundo real.
Por eso la pregunta importante ya no es si el humano o la máquina es mejor abogado.
Es otra:
Cuando el trabajo jurídico empiece a producirse mediante sistemas formados por abogados, conocimiento, procedimientos y máquinas, ¿qué lugar ocupas tú dentro de ese sistema?
La tecnología terminará difundiéndose, como el arcabuz.
La ventaja no pertenecerá durante mucho tiempo a quien simplemente la posea, sino a quien haya aprendido antes a reorganizarse alrededor de ella.
Nota de alcance
Los datos de adopción proceden de encuestas con metodologías, muestras e intereses distintos y no son directamente comparables. Las métricas de productividad agéntica citadas son estimaciones publicadas por el proveedor. El artículo utiliza Nagashino como analogía organizativa y no pretende zanjar los debates historiográficos sobre la batalla.
Fuentes y lectura complementaria
- OpenAI · How agents are transforming work
- 8am · 2026 Legal Industry Report
- resumen patrocinado en ABA Law Practice Magazine
- Advokatforeningen · Fremtidens jurist
- Association of Corporate Counsel / Everlaw · GenAI’s rapid rise
- Damien Charlotin · AI Hallucination Cases
- Poder Judicial · Multa por 48 citas falsas generadas mediante IA
- Advokatforeningen · Veiledning for bruk av kunstig intelligens i advokatvirksomhet
- CCBE · Guide on the use of generative AI for lawyers
- Technical guide on the use of AI tools and models by lawyers
- Gobierno de Noruega · Nueva consulta sobre la ley de IA
- National Museum of Japanese History Repository · estudio sobre la introducción de armas de fuego en Japón
- Cambridge University Press · estudio historiográfico sobre armas de fuego en el Japón Edo
Texto de Roberto Ortega, elaborado con asistencia editorial de IA. Las versiones noruega e inglesa son adaptaciones editoriales del original español.
