Preparar un contrato complejo puede exigir quince horas de trabajo. Pero ¿qué ocurre cuando otro despacho, gracias a su experiencia, sus precedentes, sus procedimientos y su tecnología, puede producir una prestación igualmente rigurosa en tres?

¿Debe cobrar necesariamente menos porque ha aprendido a trabajar mejor?

Durante buena parte de la historia moderna de la profesión, el abogado se ha parecido más a un artesano que a una empresa organizada alrededor de un sistema productivo. Su principal activo era él mismo. Recibía un problema, investigaba, pensaba, redactaba y revisaba. El producto jurídico y el tiempo necesario para producirlo estaban estrechamente relacionados.

En ese mundo, facturar por horas tenía una lógica económica evidente.

Pero esa lógica empieza a cambiar cuando se separan tres conceptos que durante mucho tiempo parecían casi idénticos: coste de producción, precio y valor.

Cuando cambia la función de producción

Un despacho moderno no está formado únicamente por abogados intercambiando tiempo por dinero. Acumula durante años:

  • experiencia sobre asuntos anteriores;
  • conocimiento especializado;
  • modelos contractuales y precedentes;
  • bases documentales depuradas;
  • procedimientos y listas de comprobación;
  • conocimiento de errores anteriores;
  • tecnología e infraestructura;
  • y sistemas de revisión y control.

A todo ello se añade ahora la inteligencia artificial.

En tareas adecuadas, un sistema de IA puede ayudar a comparar documentos, localizar inconsistencias, estructurar información, preparar primeros borradores o ejecutar partes de un proceso que antes absorbían muchas horas. Eso no convierte su resultado en fiable por sí mismo: introduce también costes de integración, protección de datos, formación, supervisión y retrabajo.

Pero, cuando el proceso está bien diseñado y conserva estándares exigentes de verificación, el tiempo marginal necesario para producir una determinada prestación puede reducirse de forma sustancial sin reducir su calidad.

No tiene nada de extraño desde una perspectiva empresarial. Nadie determina el valor económico de un teléfono sumando únicamente el coste de sus materiales y los minutos empleados en ensamblarlo. Detrás existen años de investigación, diseño, software, propiedad intelectual, infraestructura, organización y control de calidad.

En un despacho ocurre algo semejante.

Cuando un abogado especializado resuelve en tres horas un problema que otro profesional necesitaría quince horas para resolver, no necesariamente ha creado menos valor. Puede haber ocurrido exactamente lo contrario: esas tres horas son posibles porque detrás existen veinte años de experiencia, miles de operaciones anteriores, una biblioteca jurídica depurada, modelos probados y un sistema que permite distinguir rápidamente lo importante de lo accesorio.

La IA intensifica este fenómeno. No elimina el valor profesional: obliga a preguntar dónde se encuentra realmente.

El cliente no compra pulsaciones de teclado

Cuando un cliente encarga una estructura societaria, una due diligence, un contrato o un dictamen, no necesita una cantidad determinada de horas de abogado. Necesita una prestación profesional definida, rigurosa y responsable.

No compra la garantía de ganar un pleito, de que una Administración adopte una interpretación concreta o de que una operación empresarial resulte exitosa. Sí puede exigir que el profesional comprenda el encargo, utilice métodos adecuados, compruebe las fuentes relevantes, identifique los riesgos que razonablemente debía detectar y entregue un trabajo conforme al estándar aplicable.

Ese es un punto esencial. La IA puede participar en la producción del análisis, pero no se convierte por ello en el profesional que lo entrega al mundo.

El contrato sigue siendo el contrato del despacho. El dictamen es el dictamen del abogado. El consejo jurídico produce consecuencias porque un profesional lo ha revisado, lo ha considerado suficientemente sólido y ha decidido asumirlo.

La guía de la Advokatforeningen noruega sobre el uso de IA en la abogacía expresa esa frontera con claridad: el abogado conserva la responsabilidad final por el asesoramiento y los servicios prestados y debe revisar, verificar y aprobar el contenido utilizado profesionalmente.

La inteligencia puede ser artificial. La responsabilidad profesional sigue teniendo un titular humano.

Quién asume el riesgo de eficiencia

Si un despacho factura exclusivamente por horas, la eficiencia tecnológica crea una paradoja.

Cuanto más conocimiento acumula y cuanto mejor organiza su producción, menos tiempo puede necesitar para resolver un problema. Si sus ingresos dependen directamente del número de horas empleadas, la recompensa económica disminuye precisamente porque ha mejorado el sistema.

El precio fijo distribuye ese riesgo de otra manera.

El despacho y el cliente acuerdan el objeto de la prestación y su precio. El cliente obtiene previsibilidad. El despacho asume el riesgo de producir el trabajo dentro de ese importe y puede conservar parte del beneficio generado por sus inversiones en conocimiento, procesos y tecnología.

Si necesita diez horas, su margen será menor. Si puede producir una prestación de la misma calidad en tres, su margen será mayor.

Eso no es necesariamente un sobreprecio. Es productividad.

Pero la productividad tampoco convierte automáticamente cualquier importe en razonable. El precio debe seguir siendo transparente, proporcionado al encargo y compatible con las reglas profesionales aplicables. En Noruega, por ejemplo, el punto 3.3.1 de la Advokatforskriften exige que el honorario guarde una relación razonable con el encargo y el trabajo realizado y que el cliente pueda conocer cómo se ha calculado.

Pero el precio fijo tampoco es una solución automática. Mal diseñado, puede incentivar recortes de calidad, ocultar supuestos incompatibles o acabar en una discusión permanente sobre qué estaba incluido. Para funcionar necesita:

  • un alcance suficientemente definido;
  • supuestos y exclusiones comprensibles;
  • un procedimiento para controlar cambios;
  • criterios de calidad y revisión que no dependan del tiempo empleado;
  • y transparencia sobre qué riesgo asume cada parte.

En algunos asuntos, la mejor respuesta será una fórmula híbrida: una parte fija para el trabajo previsible, precios unitarios para actividades repetibles y una tarifa temporal o por fases para aquello cuyo alcance todavía no puede conocerse.

La cuestión no es sustituir una unidad de facturación por otra. Es evitar que el modelo económico premie el consumo de tiempo y penalice la inversión en mejores sistemas.

Dónde funciona y dónde no

La facturación por horas no va a desaparecer.

Hay litigios, investigaciones, negociaciones y operaciones cuyo perímetro cambia continuamente. La conducta de un tercero puede multiplicar el trabajo necesario. En esos casos, el tiempo continúa siendo una referencia útil para distribuir un riesgo que ninguna de las partes puede delimitar por completo al inicio.

El precio por prestación resulta más natural cuando el encargo puede definirse y el proceso es suficientemente repetible: determinados contratos, revisiones documentales, operaciones societarias, informes recurrentes, trámites estandarizados o productos regulatorios concretos.

La presión para explorar estos modelos no procede solo de la tecnología. En un estudio de 2025 de la Association of Corporate Counsel y Everlaw, realizado entre 657 profesionales jurídicos internos de 30 países, el 61 % anticipaba presionar a sus firmas externas para que cambiaran la forma de prestar y cobrar sus servicios. Es una encuesta sectorial promovida por una asociación y un proveedor, no una regla universal, pero señala con claridad la dirección de la conversación con los clientes.

El paso siguiente de la profesión

Hablar del despacho como sistema productivo no significa deshumanizar la abogacía ni convertir el Derecho en una cadena de montaje. Describe un cambio en su modelo económico y organizativo.

El despacho deja de depender exclusivamente de la capacidad individual de fabricar cada palabra desde cero. Desarrolla una infraestructura de conocimiento, procedimientos, tecnología y control que amplía lo que sus profesionales pueden hacer.

El abogado también cambia de posición. Una parte mayor de su valor se desplaza desde la ejecución mecánica hacia funciones que no pueden reducirse a generar texto:

  • definir correctamente el problema;
  • seleccionar la información y los recursos adecuados;
  • reconocer lo que no debe automatizarse;
  • juzgar la calidad de un resultado;
  • verificar sus fundamentos;
  • y decidir si puede entregarse bajo su responsabilidad.

La IA puede reducir el tiempo y el coste de determinadas fases de producción.

No reduce necesariamente el valor del criterio.

Y no elimina la responsabilidad.

Nota editorial

Este artículo analiza modelos económicos y organizativos. La responsabilidad profesional, la cobertura aseguradora, el régimen de honorarios y las obligaciones concretas dependen de la jurisdicción, del encargo y de las reglas aplicables a cada profesional.

Fuentes y lectura complementaria

Texto de Roberto Ortega, elaborado con asistencia editorial de IA. Las versiones noruega e inglesa son adaptaciones editoriales del original español.