Quería un JARVIS. El de Iron Man. Un asistente al que hablarle con naturalidad, pedirle cosas y dejar que se ocupara de ellas. Que me ayudara a gestionar la casa, organizar el día y sacar adelante mis proyectos. Que recordara lo que habíamos hablado y me contara cómo iba todo.

La armadura podía esperar.

Lo que me atraía era esa familiaridad: Tony Stark habla y su asistente sabe de qué está hablando. Hay una conversación en marcha, unas tareas pendientes y una historia compartida. Eso era lo que yo quería llevar a mi vida cotidiana. Algo bastante ambicioso, visto con calma. Al decir «quiero un JARVIS» cabe todo en cuatro palabras y parece facilísimo.

Una mañana a las 06:30

Me lo imaginaba así: son las 06:30 y tengo preparado un resumen de las noticias que me interesan y del trabajo que he encargado para la noche. Mientras hago café, repaso la agenda y le pido música. Sé qué está terminado, qué sigue pendiente y dónde hace falta que decida yo.

Después salgo de casa y continúo la conversación desde el móvil o el coche. Al volver al ordenador, retomo el mismo asunto. El asistente conserva el hilo. Así me imaginaba un día con mi JARVIS.

Esa continuidad me interesaba más que cualquier demostración espectacular. Mi día cambia de lugar y de pantalla. Quería que el asistente pudiera acompañarlo. Que una idea dicha desde el teléfono siguiera allí cuando llegara al ordenador, junto con las instrucciones y las decisiones que habíamos tomado.

Yo venía del chat

Mi punto de partida era usar la inteligencia artificial en un chat. Escribir, recibir una respuesta y seguir conversando. Ese era el formato que conocía. Lo de tener un asistente propio, capaz de recordar y ocuparse de tareas, estaba todavía por aprender.

No sabía qué era un bot. Tampoco sabía cómo se creaba ni cómo se le enseñaba a hacer lo que uno quería. Tenía bastante claro el encargo y muy poco claro cómo convertirlo en algo que funcionara. Una combinación estupenda para empezar a complicarse la vida.

No soy ingeniero informático. Aprendo haciendo. Y en este caso la pregunta que me movía era muy concreta: ¿hasta dónde podía llegar con la IA para construir ese asistente?

El primer paso consistía en explicar bien lo que esperaba de él. La palabra JARVIS servía para entendernos, pero había que bajarla a cosas corrientes: recordar una instrucción, continuar un proyecto, terminar una tarea y avisarme. Ahí empezaba lo interesante.

Que recordara lo importante

La memoria estaba en el centro de todo. Quería poder contarle algo y que esa información siguiera siendo útil después. Mis proyectos, mis preferencias, una decisión tomada, una corrección. Todo eso formaba parte del trabajo que esperaba compartir con el asistente.

Me importaba especialmente lo que ocurría entre una conversación y la siguiente. Una tarea puede quedarse a medias. Una idea puede necesitar varios días. Quería volver a ella sin reconstruir desde el principio qué estábamos haciendo, por qué y qué había pedido ya.

Para mí, recordar incluía saber qué había cambiado. Si corregía una instrucción, esa corrección tenía que acompañarnos. Si elegía un camino, el asistente debía tenerlo presente la próxima vez. Guardar palabras era solo una parte; lo útil era poder continuar.

Y quería continuar desde cualquier dispositivo. Una instrucción dada al salir de casa tenía que seguir teniendo sentido al regresar. Quería encontrar tanto el encargo como lo que se había avanzado con él. La conversación pertenecía al proyecto y a mí. Cambiar de pantalla no debía obligarme a empezar una relación nueva.

Eso es lo que quería decir con memoria persistente. Poder volver mañana y encontrar el hilo donde lo habíamos dejado.

También quería una personalidad

Quería reconocer a mi asistente por su manera de hablar conmigo. Tener un interlocutor con nombre, con un estilo reconocible, al que dirigirme con naturalidad. La personalidad formaba parte del sueño desde el principio.

Para mí, esa familiaridad tenía un valor práctico. Si iba a contarle ideas, darle encargos y volver a consultarle cómo iban, quería sentirme cómodo en esa conversación. Me interesaba construir una forma de trabajar juntos que pudiera mantener en el tiempo.

El reparto que tenía en mente era sencillo de explicar: yo aportaba las ideas y el impulso; el asistente tenía que recordar, organizar y ejecutar. Yo podía cambiar de opinión, hacer preguntas o corregir el rumbo. Él debía conservar suficiente contexto para seguirme.

Y, además, informarme. Porque pedir algo y quedarse esperando a ver qué pasa tiene poca gracia, por mucha personalidad que tenga el interlocutor.

Que hiciera las cosas y me lo contara

Quería encargar una tarea y seguir con otra cosa. Incluso seguir hablando mientras el trabajo avanzaba. Después necesitaba saber qué se había hecho, qué faltaba y qué decisión me correspondía tomar.

Esa era una parte esencial de mi JARVIS: devolverme el trabajo organizado. Encontrar el resultado, entender su estado y poder decidir el siguiente paso. El resumen de la mañana tenía sentido precisamente por eso. Me daba una forma de volver a los asuntos pendientes sin perseguir cada uno por separado.

Con ese deseo empezó el camino hacia lo que hoy llamo La Machina. El proyecto empezó el 7 de septiembre de 2026. La historia llegará a cinco interlocutores principales, con otros bots auxiliares detrás, aplicaciones propias y un panel de control. Pero en este punto del relato yo estaba ante algo mucho más pequeño: mi primer bot en una plataforma llamada Hermes.

Su nombre era Alonides.

El siguiente episodio empieza ahí: aprender qué era un bot, cómo crearlo y cómo enseñarle lo que esperaba de él. Quería un JARVIS. Tocaba empezar por el primero.

La Machina en este episodio
Punto de partida: usaba la IA en un chat y no sabía crear un bot.
Objetivo: un asistente con memoria, personalidad y continuidad entre dispositivos.
Qué viene: mi primer bot, Alonides, en Hermes.

Texto de Roberto Ortega, editado con asistencia de IA. Las versiones noruega e inglesa se han adaptado con asistencia de IA.