Todo empezó en el coche. Mi hija, que tiene diez años, y yo imaginábamos un juego: cómo sería, qué historia contaría y qué harían sus personajes. Una de esas conversaciones en las que una idea lleva a otra y el viaje se llena de posibilidades.
En casa abrimos Claude Code para convertir aquella conversación en un videojuego. Llegamos a tener una versión jugable. Nuestra dedicación directa fue de unas dos horas; las IA emplearon aproximadamente cinco horas en ejecutar el trabajo. Son estimaciones de esta experiencia familiar, con estas herramientas y este alcance, no una promesa sobre cuánto se tarda en crear cualquier juego.

Se llama Dragens hemmelighet, El secreto del dragón. Una niña y su padre recorren bosques, ríos, ruinas y cuevas. Los diálogos están en noruego y la niña descubre una relación especial con el agua y los animales.
Queríamos que cooperar tuviera sentido: el padre puede auparla o sostener un obstáculo mientras ella pasa; ella crea columnas de agua para que él cruce un río y él prepara después el camino para ella. Cada uno necesita al otro.


También hay un dragón, Slem, y un secreto familiar. La historia habla de miedo, de cuidar a los demás y de comprender qué hay detrás de la rabia. Prefiero no contar el desenlace.

Claude Code construía las pantallas, los controles y el movimiento. Nosotros explicábamos lo que queríamos, probábamos y pedíamos cambios. Pero las primeras imágenes no nos convencían. Pedimos dibujos a ChatGPT y el resultado nos gustó mucho más: personajes expresivos y una estética de cuento.
La combinación funcionaba, aunque nosotros hacíamos de mensajeros. Había que trasladar cada encargo, recoger la imagen y entregarla al otro lado. Si faltaba una postura o algo no encajaba, vuelta a empezar. Cada mejora podía abrir otro viaje entre conversaciones.
Para automatizarlo, pasamos a utilizar Codex con la herramienta de generación de imágenes de OpenAI. Claude Code y Codex compartían una carpeta de nuestro Mac, organizada como un buzón de encargos y entregas. El recorrido era sencillo:
- Claude Code dejaba una solicitud con referencias y requisitos: por ejemplo, poses separadas de un personaje sobre fondo transparente.
- Codex recogía el encargo, generaba la imagen y hacía comprobaciones técnicas de dimensiones, transparencia y separación de poses.
- Guardaba la entrega completa y, cuando hacía falta, un mapa de las posiciones para poder animarla.
- Claude Code incorporaba los archivos, realizaba sus comprobaciones y confirmaba la integración. Una corrección daba lugar a otro encargo.
Cada solicitud tenía un identificador para evitar duplicados. Los archivos incompletos no contaban como entregas. Antes de confiar en el recorrido, comprobamos la recepción de un mensaje y después la entrega de una imagen real.
Compartir archivos en el ordenador no significa que los modelos se ejecutaran localmente. Habíamos organizado el intercambio de trabajo entre herramientas. Eso nos permitía dedicar más atención a la historia y a probar qué queríamos mejorar.

Las comprobaciones técnicas no sustituían nuestra revisión visual. Un personaje debía seguir siendo reconocible al moverse; incluso el pañuelo tenía que desaparecer del cuello del padre y aparecer en la muñeca de la hija cuando él se lo entregaba. Una imagen bonita podía no servir para esa escena.
Añadimos sonidos y pequeños detalles: ardillas que se mueven, hojas que caen y una trucha que salta. Cuando puedes jugar, empiezas a fijarte en todo lo que podría dar más vida al mundo.

La IA ejecutaba gran parte del trabajo entre nuestras revisiones. Nosotros aportábamos las decisiones, las correcciones y el criterio para valorar si aquello se parecía al juego que habíamos imaginado. El resultado era una aventura que podíamos jugar juntos.

Quería contarlo en Juss og KI porque aprender a usar IA también puede consistir en organizar cómo se pasan el trabajo las herramientas. Una carpeta compartida y unas reglas claras nos ayudaron a dejar de transportar cada encargo personalmente.
Pero lo que más me interesa sigue siendo haberlo hecho con mi hija. Participar en la creación de un mundo y después explorarlo juntos. La tecnología acortó el camino entre imaginarlo y jugarlo.
Salimos del coche con una historia en la cabeza. Unas horas después, ya podíamos entrar en ella.
Texto de Roberto Ortega, elaborado con asistencia editorial de IA. Las versiones noruega e inglesa son adaptaciones editoriales del original español.